MARIA
De
madrugada nació María.
Una
mañana de primavera.
Y
en aquel barrio creció la niña
entre
esas calles y sus aceras.
Cada
minuto María soñaba,
cantaba
alegre o reía coqueta.
Iba
a la escuela en sus patines
o
se montaba en su bicicleta.
Sus
pantalones todos gastados
iban
al ritmo de sus caderas.
cuando
corriendo casi volaban
sus
viejos tenis sin agujetas.
Su
cabellera larga y rizada
se
balanceaba y olía a violetas.
Blanco
su rostro, rojos los labios,
su
naricilla llena de pecas.
Aquella
tarde muchos suspiros
hicieron
nido junto a su pecho,
tenía
quince años y ella soñaba
y
suspiraba sobre su lecho.
Veía
a la luna y le preguntaba:
“¿Seré
algún día como Cenicienta?”
E
imaginaba que su Romeo
la
amaba tanto como a Julieta.
Esa
mañana llegó de un salto
desde
su cama hasta la ventana.
Y
no miraba el gris asfalto
ni
lo siniestro que la rodeaba.
Abrió
los brazos hacia la vida
como
esperando ser abrazada,
por
aquel príncipe que llegaría
y
lejos, lejos se la llevara.
Allá
en la calle se oían los gritos
de
las pandillas que se peleaban.
Se
oían los carros, malas palabras
y
los balazos que se tiraban.
María
de pronto sintió un impacto,
sentía
que el aire la atravesaba.
Del
rojo pecho salían palomas;
eran
suspiros que se escapaban.
Clavó
sus ojos allá; en lo lejos,
y
vio un caballo que galopaba.
Todo
el paisaje se torno bello
¡Era
su príncipe que llegaba!
El
vino a ella y le dio un beso,
era
el primero que alguien le daba.
Mas
no era el príncipe, ni eso era un beso
Era
la muerte que la llevaba.
Murió
María de madrugada,
cuando
los rayos del sol nacían.
Murió
María enamorada,
cuando la vida le sonreía.
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